¿Quién hubiera dicho que el primer destello de luz eléctrica en nuestra ciudad nacería de una historia de amor? Lo que hoy es una estructura que sostiene la energía de Río Grande, comenzó con un simple cable extendido para que una fiesta de bodas no quedara a oscuras.
Río Grande no siempre fue la ciudad de luces vibrantes que vemos hoy desde el avión. Hubo un tiempo, allá por mayo de 1940, donde el viento soplaba sobre un pequeño pueblo de apenas 500 habitantes. En ese contexto, Federico Romero y Violeta Roberts estaban por dar el “sí”, pero tenían un problema: necesitaban luz para su festejo.
Ese fue el chispazo inicial. Solicitaron una extensión de cable desde el taller de Esteban Martínez, padre del gran Chiquito Martínez, y Francisco Pínola. Lo que empezó como un favor para un casamiento, terminó contagiando a diez familias más. Así, de forma casi artesanal y puramente solidaria, se encendieron las primeras bombillas de la zona.
La historia de la Cooperativa es la historia de nuestra propia adaptación. Raúl Liscio, trabajador de la institución, recuerda con precisión el camino recorrido:
- 1942: Se instala el primer motor en la emblemática esquina de Rivadavia y San Martín.
- 1958: El salto tecnológico. Los motores dejan atrás el diésel para alimentarse del gas natural, un recurso clave de nuestra tierra.
- 7 de marzo de 1969: Se formaliza el sueño. Nace oficialmente la Cooperativa de Consumo Popular y Anexos de Río Grande, abrazando el sistema cooperativo como bandera.
- 1980: La mudanza a la actual ubicación en la calle Islas Malvinas, marcando el inicio de la era moderna.
Es difícil dimensionar el crecimiento sin mirar los números. Aquel taller original generaba apenas 15 Kw. Hoy, la usina generadora supera los 80 megas, utilizando motores aeroderivados de última generación.
Pero una cooperativa no es solo cables y turbinas. Con el paso de las décadas, la institución entendió que “crecer junto a la comunidad” significaba estar en los momentos difíciles también, sumando servicios como el Solidario de Sepelio y la Fábrica de Pretensados.
Hoy, al mirar las luces de la costanera o el encendido de cada hogar riograndense, hay un hilo invisible que nos conecta con aquel casamiento de 1940.







