La apertura de sesiones ordinarias suele ser, cada año, motivo de tregua momentánea para las disputas partidarias con el fin de (al menos para afuera) mostrar y demostrar institucionalidad. Porque lo dice el dicho: no solo hay que ser, sino aparentar.
Pero lo vivido esta semana da por tierra con esta máxima y da cuenta de un nuevo escenario que tiene a propios y extraños intentando comprender el alcance de las diferencias que existen entre la oposición y el oficialismo en Río Grande y sobre todo cuáles pueden ser sus derivaciones.
Porque no hubo sesión. O al menos la sesión inaugural tal y como indica el protocolo debía realizarse. El Intendente se presentó en el IPRA (curioso escenario) y tras aguardar por una hora a los ediles decidió retirarse, dejando por escrito el informe de gestión que pretendía dar a conocer en forma de discurso.
Por el caos. Mientras Martín Perez esperaba en el IPRA, en el Concejo Deliberante era todo descontrol, con gremios que alertados sobre los proyectos a tratar en una sesión convocada a las apuradas solo se prestaron a terminar de embarrar la cancha y provocaron destrozos en el recientemente refaccionado edificio. Sí, adivinaron, lo tendremos que pagar todos.
Por la falta de diálogo. Finalizado el desorden, llegó una batería de gacetillas de los concejales. Cada una era firmada por un edil y, por fin, había coincidencias: todo había sido un papelón. Pero dependiendo su pertenencia partidaria, la culpa era de unos o de otros.
El año legislativo comenzó de la peor manera y, calmadas las aguas, será el tiempo de conocer quién gana y quién pierde en esta cancha cubierta de barro. En privado todos reclaman negociar y en público demandan diálogo, pero nadie parece estar dispuesto a dar la primera palabra; aunque sí a lanzar la primera piedra.